POR ANNA DALMAU Y PACO REGO

Es el grito de Anna. Y su historia, contada en primera persona, de una mujer maltratada que rechazó una casa de acogida porque no admitieron a su mascota. «Ella es mi única familia», dice. Hay más casos. Ucanca prefirió irse a una  tienda de campaña con Lobo. «Me dijeron que lo llevase a una perrera»

Yo era una  mujer joven, alegre y positiva, que se había enamorado de un hombre al que veía a mi lado el resto de mi vida. Hasta que llegaron las palizas, los insultos —«Eres una puta, una cabrona, una subnormal…»— y los chantajes: «El perro va a volar por la ventana», solía amenazarme para achicar aún más mi moral. Podría contar mil cosas que él me hacía, como tirarme repetidas veces por la escalera. O mil más  que pondrían la piel de gallina a cualquiera. Pero no quiero dar pena a nadie ni incitar a los morbosos. Esta vez no se trata de hablar sólo de mí sino de una realidad igual de cruel  que sigue  oculta, invisible a los ojos de la mayoría de jueces, asistentes sociales, médicos, Policía… Quiero hablar de mi gran familia, la que nunca me ha fallado y también ha sufrido, la que ha tirado de mí cuando ya no me quedaba ni una pizca de fuerza. Porque a mis 37 años  la única familia que me queda es mi perra Nina. Sí, un animal que tiene  más de humano que la persona con la que he convivido. Ella me ha acompañado en  los  momentos alegres, aunque escasos, de mi vida y, sobre todo, en las peores e interminables etapas de sufrimiento físico y mental que me ha dado  el hombre que fue mi pareja, que fue mi amor, mi ilusión y… mi infierno. En ese infierno también ha estado Nina  recibiendo patadas, golpes de todo tipo y el vértigo de una ventana de la cual podría ser lanzada al vacío el día menos pensado. Mi perra ha sido maltratada igual  que yo. Recibía palizas igual  que  yo. Sufría igual  que  yo. Aquel hombre le pegaba como  estrategia para controlarme y hacerme daño. Porque el maltratador con lo primero que se ensaña, para doblegar a su pareja, es con las mas- cotas  de la casa.  Era espantoso verla temblar de pánico cada  vez que oía el tintineo de las lleves de mi ex pareja al otro lado de la puerta del piso. Yo intentaba abrazarla y Nina se abrazaba a mí. Las dos éramos como dos seres intentando sobrevivir atrapa- dos en la esquina de una  jaula  con la fiera pegada a los barrotes.

Mi sorpresa fue cuando, a punto de entrar  en la casa  de acogida que me habían asignado gracias a los Mossos d’Esquadra  y a asociaciones que  ayudan a las mujeres maltratadas, me dijeron que  yo podía  entrar allí pero  que mi perra, o sea, mi tabla  de salvación durante todos estos años, la que me ha ayudado a sobrellevar todo este  martirio, no puede estar conmigo que se trata de un capricho. Lo siento pero si fuere así es que no conocen la realidad.  Yo, en aquel momento, sentí  que  el cielo  se me  venía  encima. Y con  todas mis fuerzas y mucha rabia me dije a mí misma: «No sin mi perra… Que esto  cambie ya, por favor». El 59% de las mujeres maltratadas no son  capaces de irse  del hogar a causa de la preocupación por sus animales de compañía.

A esto se añade que el 86% de los maltratadores tienen antecedentes de violencia hacia las mascotas de la casa, según el Observatorio de Violencia hacia los Animales y el programa Viopet que ofrece colaboración a las víctimas para que ellas y sus animales puedan seguir viviendo juntos. «Hemos pedido al Gobierno que se tenga el vínculo humano-animal en la valoración de los casos a la par que se ofrezca un recurso de acogida para estos animales y de la víctimas de violencia de género», explica la doctora Nuria Querol, creadora de Viopet y que asesora al FBI en la materia.

La petición, impulsada por Viopet y por el Observatorio de Violencia hacia los Animales, cuenta ya con más de 9.000 firmas en la plataforma Change.org.

Mucha gente usa la palabra mascota. No lo critico. Pero hay matices. En el caso de las mujeres que sufrieron o sufren maltato de sus parejas, una mascota es mucho más que un animal de compañía. Nos da la vida. Para mí, mi perrita es la familia, mi familia, la única que se acerca y, a su manera, te ayuda a ponerte en pie cuando el puñetazo de tu pareja te ha dejado grogui en el suelo de la cocina o en la habitación. Es más, mi perra me ha ayudado a salir psicológicamente del agujero, lo mismo que a otras muchas mujeres le ha pasado con sus mascotas. Por eso muchas mujeres prefieren buscarse la vida fuera de las casas de acogida donde esa tu familia no tiene cabida.

Algunos ayuntamientos, como el de Arecife, en Lanzarote, San Cugat, Ripollet y Zaragoza están incluyendo en sus protocolos de actuación con víctimas de violencia de género opciones para que no tengan que abandonar a sus mascotas. Una medida que en Estados Unidos lleva tiempo aplicándose en 31 estados donde los jueces permiten incluir a las mascotas en las órdenes de protección. De hecho, las casas de acogida trabajan con protectoras para proporcionar cuidados a los animales. @PacoRego

LA HUIDA DE UCANCA Y LOBO A UNA TIENDA DE CAMPAÑA

«O vienes o a Lobo le va a pasar algo…». Y le pasó. «Se abalanzó sobre mi perro y le arrancó parte de una oreja de un mordisco». Ucanca González huyó como pudo de su maltratador y los dos —ella y su mascota— se fueron avivir a una tienda de acampaña.

El relato, contado con su propia voz tras pedir ayuda a Viopet, es la crónica de un desgarro, la historia de hasta donde está dispuesta una persona, en este caso, una mujer, para defenderse y defender la vida de su animal de compañía ante el hombre que una y otra vez le voceaba: «No te voy a dejar en paz, ni en esta vida ni en la siguiente…». No olvida Ucanca el día en que su maltratador llegó a casa bebido y la emprendió a golpes con ella después de desencajar la puerta de un armario. Luego, le tocaría a Lobo. «Mi pareja le pegaba para hacerme daño a mí. También lo hacía con la gata, Suri, a la que terminó envenenando con el medicamento para tratar la bipolaridad. El penúltimo disgusto le llegaría a Ucanca cuando le ofrecieron irse a una casa de acogida. A ella la admitían. A su perro, no. «Es una animal, quien se tiene que poner a salvo eres tú», lamenta que le dijeran en la casa de acogida.

Porque «él es mi familia, todo lo que tengo en la vida. Con Lobo he compartido todos los malos momentos, el tiempo que estuve viviendo en un coche… Con él me siento acompañada y más segura». Dio igual. «La única opción que me daba la Administración era que lo llevara a una perrera. Estuvo en casa de unos amigos, pero no comía, estaba triste, había sido maltratado como yo». Ucanca decidió renunciar a la casa de acogida e irse a vivir a una tienda de campaña (foto) con su perro. «Ninguna víctima debería escoger entre su seguridad y la de su animal», defiende la doctora Querol. «Pedimos hogares que garanticen la seguridad de los dos ».

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